viernes, 23 de octubre de 2026
La Palabra, adversario que nos salva
viernes de la XXIX semana del tiempo ordinario
Lecturas del viernes de la XXIX semana del tiempo ordinario: Efesios 4, 1-6; Lucas 12, 54-59.
Jesús reprocha a la gente que sabe leer el cielo y no sabe leer su tiempo: «¿Cómo no sabéis interpretar este tiempo?». San Cirilo de Alejandría lo explica: los profetas habían anunciado al Mesías, y lo tenían delante sin reconocerlo.
También nosotros leemos muy bien las señales que nos interesan: el parte del tiempo, la subida de los precios. Pero no siempre vemos lo que Dios nos pide. Y el tiempo de Dios es este. Mientras vivimos, estamos de camino.
Por eso el Señor añade: «Cuando vayas con tu adversario ante el magistrado, procura en el camino librarte de él». San Agustín da de estas palabras una interpretación sorprendente: ese adversario es la Palabra de Dios. Nos lleva la contraria cuando queremos seguir nuestro orgullo y nuestras pasiones. Ponernos de acuerdo con ella mientras vamos de camino es convertirnos en esta vida. Después llegará el Juez, que es Jesucristo.
¿Y qué nos impide ponernos de acuerdo con ella? El orgullo. Por eso el apóstol san Pablo, preso por Cristo, pide a los efesios que vivan de manera digna de su vocación, «con toda humildad y mansedumbre». San Juan Crisóstomo dice que la humildad es la base de toda virtud. El humilde deja que la Palabra de Dios le corrija.
Y el humilde sabe soportar a los demás. «Soportándoos unos a otros con amor», dice el apóstol. Crisóstomo comenta que quien no aguanta a su prójimo no puede esperar que Dios le aguante a él. Lo que rompe la unidad es la vanagloria, el afán de quedar por encima de los demás.
«Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Un solo Dios y Padre de todos». San Ireneo veía aquí a la Santísima Trinidad: el Padre está sobre todos, el Hijo actúa por medio de todos y el Espíritu Santo está en todos nosotros. La unidad de la Iglesia nace de la unidad de Dios.
Hermanos, no dejemos para mañana lo que Dios nos pide hoy. Leamos cada día su Palabra y dejemos que nos corrija. Perdonemos al prójimo y pidamos perdón. Y acudamos a la confesión mientras vamos de camino, antes de llegar ante el Juez.
Que la Virgen María, la humilde esclava del Señor, nos enseñe a acoger la Palabra de Dios y a vivir unidos en el vínculo de la paz.