lunes, 2 de noviembre de 2026
Una morada en la casa del Padre
Conmemoración de todos los fieles difuntos
Lecturas de la conmemoración de todos los fieles difuntos: Sabiduría 4, 7-15; Romanos 5, 5-11; Juan 14, 1-6.
«No se turbe vuestro corazón». Jesús dice estas palabras la noche antes de morir, cuando los apóstoles están asustados. La Iglesia nos las repite en este día en que recordamos a todos los fieles difuntos.
«En la casa de mi Padre hay muchas moradas; voy a prepararos un lugar». San Agustín explica que el Señor prepara las moradas preparando a quienes las han de habitar, y que ese lugar se prepara viviendo en la fe. Cristo mismo es el camino, y san Agustín añade: «Más vale cojear por el camino que correr fuera de él».
El libro de la Sabiduría dice que el justo, aunque muera pronto, estará en descanso. Ante Dios no cuentan los años, sino una vida sin mancha. Pero san Agustín advierte también de lo contrario: quien se aparta de Dios y muere en pecado pierde todo el bien que hizo antes. Lo que importa es morir en gracia de Dios.
Esto no quita el dolor. San Jerónimo, ante la muerte de un joven sacerdote al que quería mucho, confiesa que, a pesar de la esperanza de la resurrección, se le saltan las lágrimas. La fe no prohíbe llorar. Pero el cristiano llora con esperanza, porque, como dice el apóstol san Pablo, «la esperanza no defrauda».
Por eso rezamos por nuestros difuntos. La Iglesia enseña que quienes mueren en gracia de Dios, pero no del todo purificados, pasan por el purgatorio antes de entrar en el cielo. Allí ya no pueden hacer nada por sí mismos. Nosotros sí podemos ayudarles.
¿Cómo? Ofreciendo por ellos la Santa Misa, la oración, la limosna y nuestros sacrificios. Y del 1 al 8 de noviembre la Iglesia concede indulgencia plenaria, aplicable a los difuntos, a quien visite un cementerio y rece por ellos, con el corazón desprendido de todo pecado, incluso venial, confesándose, comulgando y rezando por las intenciones del Papa.
Hermanos, no olvidemos a nuestros padres, abuelos y amigos que ya han muerto: quizá esperan nuestra oración. Y preparémonos también nosotros. Vivamos en la fe y confesémonos a menudo, para que, cuando llegue la hora, el Señor venga a tomarnos consigo.
Dales, Señor, el descanso eterno, y brille para ellos la luz perpetua. Descansen en paz. Amén.