Apóstoles de su gracia

Meditación de la Palabra · 3 de noviembre de 2026

Meditación de la Palabra del 3 de noviembre de 2026

martes, 3 de noviembre de 2026

Invitados a la mesa del Señor

Martes de la XXXI semana del tiempo ordinario (san Martín de Porres, memoria libre)

Lecturas del martes de la XXXI semana del tiempo ordinario: Filipenses 2, 5-11; Lucas 14, 15-24.

«Se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo». El apóstol san Pablo pone ante los filipenses el ejemplo de Jesucristo. Siendo Dios, se hizo hombre; siendo Señor, se hizo siervo, y obedeció hasta la muerte, y muerte de cruz.

San Juan Crisóstomo explica qué es la humildad: es humilde el que se hace pequeño pudiendo ser grande. El Hijo de Dios no dejó de ser Dios. Como dice san Agustín, tomó lo que no era sin perder lo que era. Y san León Magno añade que se humilló por misericordia, no por falta de poder.

¿Para qué se hizo siervo? Para invitarnos a su mesa. San Cirilo de Alejandría ve en el siervo de la parábola, enviado a la hora de la cena, al mismo Jesucristo, que tomó la forma de siervo para llamarnos. Y la cena es su sacrificio, en el que nos da a comer su propio cuerpo: la Eucaristía.

Pero los invitados se excusan. San Agustín ve en esas excusas los tres males de los que habla el apóstol san Juan: la soberbia, la curiosidad del que solo cree lo que ve y el placer de la carne. Y san Gregorio Magno observa que se excusan con buenas palabras: «te ruego que me des por excusado». Parecen humildes, pero desprecian la invitación, y eso es soberbia.

También nosotros ponemos excusas. Faltamos a Misa el domingo por un viaje, por una comida o por pereza. Dejamos la confesión para más adelante. «Somos invitados al banquete de Dios —dice san Gregorio—, y nos excusamos».

Los que sí entran son los pobres, los lisiados, los ciegos y los cojos: los humildes, que saben que no merecen nada. Dios elige a los que el mundo desprecia. La Iglesia recuerda en este día a san Martín de Porres, religioso dominico de Lima, conocido por su humildad y por su caridad con los pobres y los enfermos. Así sea en nuestras vidas.

La parábola termina con una sentencia terrible: «Ninguno de aquellos invitados probará mi cena». San Gregorio advierte que nadie desprecie la llamada, no sea que, cuando quiera entrar, ya no pueda.

Hermanos, no busquemos excusas. Vayamos a Misa cada domingo, confesémonos a menudo y recibamos al Señor con un corazón humilde, movidos por su gracia.

Señor Jesús, tú que te hiciste siervo para invitarnos a tu mesa, danos un corazón humilde, para que nunca rechacemos tu llamada. Amén.

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