viernes, 6 de noviembre de 2026
Administradores, no dueños
Viernes de la XXXI semana del tiempo ordinario (mártires del siglo XX en España, memoria)
Lecturas del viernes de la XXXI semana del tiempo ordinario: Filipenses 3, 17 – 4, 1; Lucas 16, 1-8.
En el Evangelio de hoy, Jesús cuenta la historia de un hombre rico que tenía un encargado acusado de malgastar sus bienes. Lo llama y le dice: «Dame cuenta de tu administración». Sabiendo que lo van a despedir, el encargado rebaja las deudas a los deudores de su señor, para que luego lo reciban en sus casas. San Ambrosio saca de aquí la primera lección: no somos dueños, sino administradores de bienes ajenos. Lo que tenemos, la salud, el tiempo y la vida misma, es de Dios. Y un día nos pedirá cuentas.
Y su señor lo alaba. ¿Alaba entonces el fraude? San Agustín responde que no: no hemos de imitarlo en todo, y nunca podemos engañar a Dios para hacer el bien con lo robado. Alaba su previsión. Y añade: si fue alabado el que obró con engaño, cuánto más agradan a Dios los que obran según su mandamiento.
Jesús concluye: «Los hijos de este mundo son más sagaces que los hijos de la luz». Cuánto esfuerzo ponemos en asegurar nuestro futuro aquí: el trabajo, la casa, la jubilación. Y qué poco en prepararnos para el cielo. San Gregorio Magno da el remedio: para encontrar algo en nuestras manos después de la muerte, pongamos antes nuestras riquezas en manos de los pobres.
En la primera lectura, el apóstol san Pablo llora por los que solo piensan en las cosas de la tierra. «Su dios es el vientre», dice. Santo Tomás de Aquino lo explica: solo Dios debe ser el fin último de nuestra vida, aquello para lo que vivimos. Quien vive para otra cosa, para el placer, el dinero o la comodidad, pone esa cosa en el lugar de Dios y la convierte en su dios.
San Juan Crisóstomo pregunta: tu Maestro fue crucificado, ¿y tú buscas la comodidad? Quien ama la cruz se esfuerza por vivir como el Crucificado. Por eso el apóstol recuerda: «Nuestra ciudadanía está en los cielos». De allí esperamos al Salvador, que transformará nuestro cuerpo humilde en un cuerpo glorioso como el suyo.
Hermanos, administremos lo que Dios nos ha confiado pensando en el cielo. Demos limosna, no huyamos de la cruz de cada día y, movidos por la gracia de Dios, mantengámonos firmes en el Señor.
Señor Jesús, que nos esperas en el cielo, enséñanos a usar los bienes de la tierra sin poner en ellos el corazón, para que un día podamos darte buena cuenta. Amén.