domingo, 8 de noviembre de 2026
Velad, porque no sabéis el día
XXXII domingo del tiempo ordinario (ciclo A)
Lecturas del XXXII domingo del tiempo ordinario: Sabiduría 6, 12-16; 1 Tesalonicenses 4, 13-18; Mateo 25, 1-13.
En el Evangelio de este domingo, Jesús compara el reino de los cielos con diez mujeres jóvenes que esperan al esposo para entrar con él en la boda. Cinco son prudentes y llevan aceite de reserva para sus lámparas; las otras cinco son necias y no lo llevan. El esposo tarda, llega a medianoche, y las que no tienen aceite se quedan fuera.
San Gregorio Magno observa que todas tienen lámparas, pero no todas tienen aceite. Así es la Iglesia en este mundo: en ella se mezclan cristianos buenos y malos. Todos llevamos la lámpara de la fe. La cuestión es si la alimentamos.
¿Qué es ese aceite? San Jerónimo responde: las buenas obras que acompañan a la fe. Y advierte: ¿de qué sirve confesar con la boca a quien niegas con las obras? San Juan Crisóstomo precisa que el aceite es sobre todo la caridad, la limosna y la ayuda al necesitado. Y añade que los pobres están aquí, no en la otra vida: es aquí donde hemos de hacer acopio de aceite.
Las necias piden aceite prestado a última hora, y no se lo dan. San Jerónimo explica por qué: el día del juicio, las virtudes de uno no pueden cubrir los pecados de otro. Cada uno dará cuenta de sus propias obras.
En la primera lectura, el libro de la Sabiduría dice que ella sale al encuentro de quien la busca, y que quien madruga por ella la encontrará sentada a su puerta. Así son las jóvenes prudentes: no esperan a la medianoche para prepararse.
En la segunda lectura, el apóstol san Pablo escribe a los tesalonicenses sobre sus difuntos: «No os entristezcáis como los demás, que no tienen esperanza». Santo Tomás de Aquino explica que el apóstol no prohíbe llorarlos: quien llora por ellos tiene compasión. Pero quien muere en la fe se duerme con la esperanza de levantarse, porque la resurrección de Jesucristo es la causa de la nuestra.
Hermanos, en este mes de noviembre recemos por nuestros difuntos. Y mantengamos encendida nuestra lámpara con la gracia de Dios, la confesión frecuente y la caridad con el prójimo, porque no sabemos el día ni la hora.
Señor Jesús, Esposo de la Iglesia, haz que nuestras lámparas estén encendidas cuando vengas, para que entremos contigo en las bodas eternas. Amén.