martes, 20 de octubre de 2026
Con la lámpara encendida
martes de la XXIX semana del tiempo ordinario
Lecturas del martes de la XXIX semana del tiempo ordinario: Efesios 2, 12-22; Lucas 12, 35-38.
El apóstol san Pablo recuerda a los cristianos de Éfeso, que venían del paganismo, de dónde los sacó Dios. Estaban sin Cristo, fuera del pueblo de Israel, sin esperanza y sin Dios en este mundo.
Pero en Jesucristo, los que estaban lejos han sido acercados por su sangre. Cristo ha derribado el muro que separaba a judíos y gentiles. De los dos pueblos ha hecho uno solo, un hombre nuevo, y los ha reconciliado con Dios por su sacrificio en la cruz.
Por eso les dice el apóstol: «Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familia de Dios». Entre el israelita de la antigua alianza y el pagano que ha recibido el Evangelio ya no hay diferencia. Ya lo escribió en su epístola a los gálatas: «Ya no hay judío ni griego, porque todos sois uno en Cristo Jesús». Todos forman ya la Iglesia, la casa de Dios, edificada sobre los apóstoles, con Cristo como piedra angular.
En el Evangelio, Jesús pide a sus discípulos: «Tened ceñida la cintura y las lámparas encendidas». Como siervos que esperan a su señor cuando vuelve de la boda, para abrirle en cuanto llame. «Dichosos los siervos a quienes el señor, al llegar, encuentre en vela». Y el señor se ciñe, los sienta a la mesa y se pone a servirlos. Los que antes eran extranjeros se sientan ahora a la mesa de Dios.
Cristo volverá al final de los tiempos, y lo esperamos. Pero antes, cada uno de nosotros se encontrará con Él en la hora de la muerte, y no sabemos cuándo será. Lo oímos ayer: «Necio, esta noche te piden tu alma». Y el Señor insiste: «Estad preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del hombre».
Estar en vela es vivir cada día como si el encuentro fuera hoy. Tener la lámpara encendida es vivir en gracia de Dios. Hermanos, no dejemos para mañana la confesión que necesitamos hoy. Recemos cada día, recibamos la Eucaristía y pidamos la gracia de una buena muerte.
Que la Virgen María, a quien pedimos que ruegue por nosotros «ahora y en la hora de nuestra muerte», nos ayude a tener la lámpara encendida cuando el Señor llame a nuestra puerta.